Hemos dicho que los pensamientos
distorsionados, que no responden a la realidad, producen emociones
distorsionadas e inadecuadas que igualmente se alejan del mundo de lo real. Pero en el caso de los sentimientos, éstos
tienen la fuerza de tornarse incontrolables, desproporcionados y por ende,
dañinos a nuestra salud emocional. En
esa misma medida, pueden ser dañinos también a tu mundo de relaciones... aún
las más cercanas: tus padres, hijos... o tu esposo(a). En la entrada anterior tomamos un primer ejemplo
cuando hablamos de la tristeza desproporcionada. Esa que puede llegar a quitarnos el
entusiasmo y la alegría por la relación y vida de esposos. Les propongo ahora mirar otro ejemplo.
Sucede que la vida de pareja está construída
sobre riesgos, luchas e incluso peligros.
Basta llevar poco tiempo de casados para experimentar cuántos
riesgos y peligros: las dificultades económicas, las primeras incomprensiones
mutuas verdaderamente significativas (esas
que aún luego de la reconciliación te dejan con una profunda sensación de que
en algún otro momento volverán a aparecer, ¡y en efecto reaparecen!). Pero luego también vienen los hijos, las tensiones cuando
se enferman. Quizás uno de los cónyuges
vive con mayor aprensión cada signo de malestar o enfermedad del niño y comienzan
las diferencias en la valoración de cada dolencia: “¡hay que correr al médico,
no se ve bien, está en peligro!”. Mientras
el(la) otro(a) le contesta, “pero si sólo está llorando porque está cansado”. Pero también ese miedo puede ser por tu propia
salud, o la salud de los padres que por razones lógicas ligadas a la naturaleza,
se va deteriorando.
Hago este catálogo de peligros y riesgos que
se enfrentan en la vida de casados, pues no con poca frecuencia el vivir estas
experiencias puede llegar a ser ocasión de distancia en la relación misma. Cuando se enfrenta un miedo en sus dimensiones
proporcionadas, esta misma emoción (el miedo) nos prepara para la lucha
necesaria que nos llevará a vencer el peligro que la ocasiona. Siendo así, cada peligro que una pareja
enfrenta es una ocasión para madurar, crecer y ganar la confianza de saber que
juntos somos capaces de perseverar y vencer.
Así, cada victoria sobre cada peligro, se convierte en signo de una
fuerza que juntos poseemos. Una
determinación que se convierte, con el tiempo, en el sello de distinción para la pareja que, en virtud de lo que va logrando juntos, se siente cada vez
más unida.
Pero, ¿qué sucede si esos peligros y
riesgos normales en la vida de pareja uno (o ambos) de los cónyuges los vive
con aprensión desproporcionda? Hago la
misma pregunta con un ejemplo: ¿qué sucede si tú, esposa y madre, no logras mantener
en el plano de la realidad la salud y los peligros normales a los que se
enfrenta un hijo? O hago la misma pregunta con otro ejemplo: ¿qué sucede si tú, esposo, ante las dificultades
económicas, te paralizas al punto de no poder funcionar con normalidad? En ambos casos la respuesta es la misma: el
miedo se convierte en ansiedad y la ansiedad te lleva, normalmente, a
conclusiones catastróficas. Te propongo
que revises la siguiente lista de conclusiones catastróficas provocadas por la
ansiedad y te preguntes si anteriormente has llegado a alguna de ellas:
·
“nunca lograremos salir a flote
económicamente”
·
“si el niño tiene esos síntomas,
de seguro que es por una enfermedad muy seria”
·
“no me siento bien de salud, seguramente
por algo muy grave”
·
“si dejamos a los hijos solos en
la escuela se dañarán... perderán los valores que les hemos enseñado en casa”
·
“tener otro hijo será nuestra ruina
económica”
·
“no podemos dejar ir a la niña
a ese viaje de deportes... ¡y si tiene un accidente!”
·
“si no hago lo que mi madre me dice
de seguro la haré sentir tan mal que será fatal para su salud”
·
“si mi esposa trabaja fuera mis
hijos sufrirán unas carencias que los marcarán por el resto de sus vida”
·
“si mi esposa se queda con los
hijos en casa no sobreviviremos económicamente”
Vean que cada una de estas conclusiones no
son necesariamente imposibles o irreales.
El mal aquí radica en llegar a ellas a partir de circuntancias que no
están presentes en el momento. El
problema es llegar a ellas por una valoración desproporcionada de la realidad
actual o previsible. ¡Y ahí radica su
gran peligro para la relación! En la
medida que le das más peso a una amenaza desproporcionada sentida por ti que a
la valoración más equilibrada que recibes de tu cónyuge (o alguna otra persona con mayor equilibrio ante la situación), pudieras comenzar a
experimentar una cierta lejanía con respecto a él(ella). Como consecuencia te inundarán
justificaciones inconcientes y solitarias: “es que no me entiende”, “somos
diferentes”, “es que él(ella) es un(a) desinteresado(a) y poco atento(a)”, “es que soy
yo el(la) que tiene que preocuparse, pues ella(él) siempre ha demostrado poca
sensibilidad por estas cosas”. Mientras, tu esposo(a) pudiera, poco a poco, llegar a cansarse de ver tus reacciones
ansiosas, desproporcionadas y catastróficas: “ya yo la(lo) dejo”, “no tiene remedio”, “que siga con su preocupación, yo no me voy a enfermar por culpa suya”.
Me parece que lo tocado hasta aquí es
sumamente delicado y sensible. No osbtante,
si en algo describe tu realidad de pareja, ¡no hay porqué llegar a conclusiones
catastróficas! En una próxima ocasión
podemos comenzar a proponernos caminos de salida a estas trampas emocionales. Desde ya podemos decir que en la pareja, así
como en la vida misma, cada peligro, riesgo o amenaza, es una invitación a
crecer y caminar. O como queda expresado
en la siguiente cita (que algunos atribuyen a A. Einstein): “acabemos de una
vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por
superarla.”
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