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13 dic 2012

¿Por qué me empeño en creer lo improbable?


Hemos dicho que los pensamientos distorsionados, que no responden a la realidad, producen emociones distorsionadas e inadecuadas que igualmente se alejan del mundo de lo real.  Pero en el caso de los sentimientos, éstos tienen la fuerza de tornarse incontrolables, desproporcionados y por ende, dañinos a nuestra salud emocional.  En esa misma medida, pueden ser dañinos también a tu mundo de relaciones... aún las más cercanas: tus padres, hijos... o tu esposo(a).  En la entrada anterior tomamos un primer ejemplo cuando hablamos de la tristeza desproporcionada.  Esa que puede llegar a quitarnos el entusiasmo y la alegría por la relación y vida de esposos.  Les propongo ahora mirar otro ejemplo. 

Sucede que la vida de pareja está construída sobre riesgos, luchas e incluso peligros.  Basta llevar poco tiempo de casados para experimentar cuántos riesgos y peligros: las dificultades económicas, las primeras incomprensiones mutuas verdaderamente significativas (esas que aún luego de la reconciliación te dejan con una profunda sensación de que en algún otro momento volverán a aparecer, ¡y en efecto reaparecen!).  Pero luego también vienen los hijos, las tensiones cuando se enferman.  Quizás uno de los cónyuges vive con mayor aprensión cada signo de malestar o enfermedad del niño y comienzan las diferencias en la valoración de cada dolencia: “¡hay que correr al médico, no se ve bien, está en peligro!”.  Mientras el(la) otro(a) le contesta, “pero si sólo está llorando porque está cansado”.  Pero también ese miedo puede ser por tu propia salud, o la salud de los padres que por razones lógicas ligadas a la naturaleza, se va deteriorando. 

Hago este catálogo de peligros y riesgos que se enfrentan en la vida de casados, pues no con poca frecuencia el vivir estas experiencias puede llegar a ser ocasión de distancia en la relación misma.  Cuando se enfrenta un miedo en sus dimensiones proporcionadas, esta misma emoción (el miedo) nos prepara para la lucha necesaria que nos llevará a vencer el peligro que la ocasiona.  Siendo así, cada peligro que una pareja enfrenta es una ocasión para madurar, crecer y ganar la confianza de saber que juntos somos capaces de perseverar y vencer.  Así, cada victoria sobre cada peligro, se convierte en signo de una fuerza que juntos poseemos.  Una determinación que se convierte, con el tiempo, en el sello de distinción para la pareja que, en virtud de lo que va logrando juntos, se siente cada vez más unida.

Pero, ¿qué sucede si esos peligros y riesgos normales en la vida de pareja uno (o ambos) de los cónyuges los vive con aprensión desproporcionda?  Hago la misma pregunta con un ejemplo: ¿qué sucede si tú, esposa y madre, no logras mantener en el plano de la realidad la salud y los peligros normales a los que se enfrenta un hijo?  O hago la misma pregunta con otro ejemplo: ¿qué sucede si tú, esposo, ante las dificultades económicas, te paralizas al punto de no poder funcionar con normalidad?  En ambos casos la respuesta es la misma: el miedo se convierte en ansiedad y la ansiedad te lleva, normalmente, a conclusiones catastróficas.  Te propongo que revises la siguiente lista de conclusiones catastróficas provocadas por la ansiedad y te preguntes si anteriormente has llegado a alguna de ellas:

·         “nunca lograremos salir a flote económicamente”
·         “si el niño tiene esos síntomas, de seguro que es por una enfermedad muy seria”
·         “no me siento bien de salud, seguramente por algo muy grave”
·         “si dejamos a los hijos solos en la escuela se dañarán... perderán los valores que les hemos enseñado en casa”
·         “tener otro hijo será nuestra ruina económica”
·         “no podemos dejar ir a la niña a ese viaje de deportes... ¡y si tiene un accidente!”
·         “si no hago lo que mi madre me dice de seguro la haré sentir tan mal que será fatal para su salud”
·         “si mi esposa trabaja fuera mis hijos sufrirán unas carencias que los marcarán por el resto de sus vida”
·         “si mi esposa se queda con los hijos en casa no sobreviviremos económicamente”

Vean que cada una de estas conclusiones no son necesariamente imposibles o irreales.  El mal aquí radica en llegar a ellas a partir de circuntancias que no están presentes en el momento.  El problema es llegar a ellas por una valoración desproporcionada de la realidad actual o previsible.  ¡Y ahí radica su gran peligro para la relación!  En la medida que le das más peso a una amenaza desproporcionada sentida por ti que a la valoración más equilibrada que recibes de tu cónyuge (o alguna otra persona con mayor equilibrio ante la situación), pudieras comenzar a experimentar una cierta lejanía con respecto a él(ella).  Como consecuencia te inundarán justificaciones inconcientes y solitarias: “es que no me entiende”, “somos diferentes”, “es que él(ella) es un(a) desinteresado(a) y poco atento(a)”, “es que soy yo el(la) que tiene que preocuparse, pues ella(él) siempre ha demostrado poca sensibilidad por estas cosas”.  Mientras, tu esposo(a) pudiera, poco a poco, llegar a cansarse de ver tus reacciones ansiosas, desproporcionadas y catastróficas: “ya yo la(lo) dejo”, “no tiene remedio”, “que siga con su preocupación, yo no me voy a enfermar por culpa suya”.

Me parece que lo tocado hasta aquí es sumamente delicado y sensible.  No osbtante, si en algo describe tu realidad de pareja, ¡no hay porqué llegar a conclusiones catastróficas!  En una próxima ocasión podemos comenzar a proponernos caminos de salida a estas trampas emocionales.  Desde ya podemos decir que en la pareja, así como en la vida misma, cada peligro, riesgo o amenaza, es una invitación a crecer y caminar.  O como queda expresado en la siguiente cita (que algunos atribuyen a A. Einstein): “acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.”

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